Cine

Absurdos objetos asesinos

Hace un tiempo PlanD comenzó su vida en la red con este post. Ahora que retomamos nuestra labor, va de nuevo, corregido y aumentado.

Una de las virtudes del cine de horror es su versatilidad y su capacidad de saturación. Ningua posibilidad —en serio ninguna— queda fuera de su ámbito. Para muestra un botón (ocho en este caso). A continuación les presentamos algunas películas de terror (y comedia simultáneamente) que tienen como denominador común un asesino inverosímil. Por supuesto, no se trata de un catálogo completo, la lista de joyitas de este grupo parece inagotable.

El ataque de los tomates asesinos (Attack of the Killer Tomatoes), John De Bello, 1978, EE.UU.

Una sucesión de ataques inexplicables inunda a los EE.UU. Los hasta entonces amables, inofensivos y jugosos tomates del país se vuelven en contra de los seres humanos de maneras menos terroríficas que divertidas. La razón, un experimento gubernamental que se ha salido de control

Frase para recordar: “Harry, mira de nuevo, ¡eso no es sangre, es jugo de tomate”

Otros detalles: aunque no lo creas, tiene tres secuelas… Return of the Killer Tomatoes (1988), Killer Tomatoes Strikes Back (1990) y Killer Tomatoes Eat France (1991). Además hubo una serie de televisión ¡con dos temporadas! Y aunque durante varios años se rumoró que habría remake —incluso se mencionaba que Adam Sandler estaba interesado en participar—, por el momento no hay nada seguro.

Recomendación: vela si toleras las películas de Terence Hill y Bud Spencer —o por lo menos los conoces—, pero asegúrate de no ponerle catsup a las palomitas.

Christine, John Carpenter, 1983, EE.UU.

Una historia de amor llevada al límite. Un impopular adolescente, Arnie Cunningham, y un Plymouth Fury, Christine, son la pareja más extraña, desequilibrada y aterradora. La historia es una sucesión de posesiones: auto poseído, chico casi poseído por la personalidad del dueño del auto, cambio de posesión del auto del chico muerto al chico poesído por el chico muerto. Y la película es un clásico de los absurdos objetos que matan y del cine de Carpenter (creador, entre muchas otras, de Escape de Nueva York y They Live, que no te puedes perder). Por último, la escena cuando Christine se reconstruye es referencia obligada (¡Show me!).

Frase para recordar: “Cómo matas algo que no puede estar vivo”

Otros detalles: existe un antecedente, The Car (1977), de Elliot Silverstein, aunque en este caso se trata más de una reelaboración de Duel de Spielberg, el poster de Christine es casi un duplicado del de The Car.

Recomendación: para aquellos que se inician en el género, para quienes dudan de que un asesino absurdo pueda hacer una película aceptable, para quienes bautizan su auto con nombre de mujer.

El elevador asesino (De Lift), Dick Maas, 1983, Holanda

Durante muchos años aparecía al azar en los videoclubes que conservaban los ya olvidados formatos Beta y VHS. Y aunque el protagonista es quizá uno de los objetos más discapacitados para realizar el papel de villano —su movilidad es limitadísima—, la película trasmina ideas notables (como la premonición de los chips orgánicos). El ascensor de un edificio en Ámsterdam comienza comportarse de manera extraña: algunos pasajeros quedan atrapados y son rescatados poco antes de morir sofocados; días después la puerta se abre para dar paso a un hombre invidente quien cae irremediablemente por el pozo vacío. Así que un periodista se decide a investigar y descubre que la computadora que controla el elevador es un avanzado sistema de biochips que ha cobrado conciencia —un año antes que Terminator—. Ah, y se filmó en 30 días casi sin dinero.

Frase para recordar: ¡Por las escaleras! ¡Por amor de Dios, sube por las escaleras!

Otros detalles: Hay remake de 2001, en serio, y la protagonista es ni más ni menos Naomi Watts. Dese luego, en la nueva versión todo ocurre en Nueva York y el tema del terrorismo asoma inevitablemente.

Recomendación: Ve la original, una vez agringada, todo lo rescatable se vuelve prescindible.

La podadora asesina (Blades), Thomas R. Rodinella, 1989, EE.UU.

No, no estamos inventando, la película existe y no es tan mala como suena (bueno, sí, sí es así de mala, pero también divierte). Se trata de una parodia casi segundo a segundo del clásico Tiburón (Jaws), de Spielberg. Cambia el mar por un campo de golf y al tiburón por una podadora con mala actitud y listo. El tiburón muere gracias a un certero arpón y un tanque de oxígeno; la podadora… (descúbrelo cuando la veas).

Frase para recordar: “Justo cuando creías que usar el putt era seguro”

Otros detalles: ningún actor, ni el director, hicieron nunca nada que valiera la pena después de esta película (que casi casi vale la pena).

Recomendación: si crees que las secuelas de Tiburón son más una ofensa que un homenaje, valorarás este divertidísimo homenaje sin ofensa. (Nota: el trailer que verás no es el original, pero las escenas sí son de la película).

La galleta asesina (The Gingerdead Man), Charles Band, 2005, EE.UU.

Se trata de una historia cercana a Chucky, sin mayor innovación que el material del que está hecho el asesino (¡qué más quieres!). El asesino Millar Findlemeyer es condenado a muerte, electrocutado y creamado. Sus cenizas son enviadas a su madre quien las mezcla con harina para hacer galletas de jengibre. Sarah, la sobreviviente del spree asesino y casualmente repostera, recibe un paquete. Sí, exacto, son las cenizas de Findlemeyer harinizadas. En fin, Sarah, por supuesto, utiliza el misterioso obsequio para preparar una galleta de jengibre —que, para que no haya problemas de verosimilitud, ha recibido un poco de casual sangre de accidente antes de ser horneada—. Horneado, terrible y galletoso, Findlemeyer busca terminar su obra. Todas las posibilidades de matar al monstruo son ensayadas excepto reomojarlo en leche.

Frase para recordar: “El mal nunca supo tan rico”.

Otros detalles: así es, hay secuelas (la segunda parte, The Gingerdead Man 2: The passion of the Crust, salió en 2009; The Gingerdead Man 3: Saturday Night Cleaver, apareció en 2013).

Yo compré una moto vampiro (I Bought a Vampire Motorcycle), Dirk Campbell, 1990, Reino Unido

En medio de un ritual satánico-motoquero, una pandilla de motociclistas mata a un sacerdote-chamarra-de-cuero rival con una ballesta. Después se arma la rebambaramba y el muerto, que antes ha caido en la fogata del mal en torno a la cual realizaba sus rezos, resucita unos segundos, camina hacia una moto — con el rostro quemado y gruñido zombi— y vacía en el tanque de gasolina su sangre. Tiempo después un entusiasta de las motos compra la susodicha ensangrentada, ésta cobra vida y se enfrenta a un policía que huele a ajo, a la novia con cadenita de cruz en el pecho y a cuanto se le pone enfrente. La inexorable derrota del monstruo se debe a la ingeniosa estrategia de iluminarla con un montón de lámparas —cuál Sol ni qué nada—. Desde luego, al final, un poco de sangre cae en el tanque de la moto ya eliminada y, sorpresivamente, ésta nos da indicios de estar lista para la secuela.

Frase para recordar: “Las motocicletas buenas funcionan con gasolina; ésta es una motocicleta malvada, y funciona con sangre”.

Otros detalles: la idea central debía ser suficiente para que se hubieran hecho secuelas; lamentablemente, y a diferencia de otras películas en la lista, ésta mala película además es una película mala. Sin embargo… para los fans de South Park, aparece un antecedente de Mr. Hankey.

Evil Bong, Charles Band, 2006, EE.UU.

De Full Moon, orgullosa casa de The Puppet Master… Un grupo de estudiantes adquiere un bong (pipa de agua que se puede usar para fumar marihuana) y sin tardanza le dan uso —excepto Alistair, que no le entra a esos asuntos— a pesar de que al momento de la venta les fue advertido que estaba poseído. Después de unos toques y sin explicación que medie, uno de los chicos —Bachman— se encuentra en un strip club donde es atacado por los cráneos que adornan el brassier de una de las profesionales del baile. Cuando los amigos despiertan, encuentran el cadáver de Bachman y lo esconden. Conforme avanza la película, más fumadores son asesinados en el club, siempre después de fumar y casi siempre a manos de senos decorados. Resulta que el bong efectivamente está poseído — gracias a, obviamente, algún rito voodo— y Eebee, el espíritu que lo posee tiene como misión del mal transformar todo el aire del mundo en humo de marihuana, y toda el agua en agua de bong. El club no es sino una dimensión paralela, el Bong World, donde Eebee prepara su conquista del mundo. Alistair, el no fumador, conspira, fuma y busca resolver el problema; salva a una chica, Janet, y cede su lugar de héroe a Jimbo, el único que sabía lo que ocurría, quien se hace explotar en el Bong World junto a Eebee. Alistair despierta en el mundo real junto a Janet y el resto de los amigos, vivitos y sin memoria. El bong está despedazado… Jimbo aparece al final como el nuevo rey de Bong World.

Frase para recordar: “Hermano, éste sí es un mal viaje”

Otros detalles: uno de los asistentes regulares del strip club es nada más y nada menos que el Gingerdead Man; así que a las cinco secuelas de Evil Bong (Evil Bong 2: King Bong, de 2009, Evil Bong 3D: The Wrath of Bong, de 2011, Evil Bong 420, de 2015, Evil Bong High-5, de 2016 y Evil Bong 666, de 2017) se suma el crossover Gingerdead Man vs Evil Bong.

La llanta asesina (Rubber), Quentin Dupieux, 2010, Francia

Una llanta cobra vida en California. Y cuando las cosas inanimadas cobran vida, sea por posesión o nomás porque sí, resulta que tienden a volverse malas, y de preferencia asesinas. Así que esta llanta recién viva —llamada Robert— pasa de la destrucción por contacto (aplasta una botella de plástico y un escorpión) a la eliminación psicoquinética (vibra y hace explotar una botella de cerveza). Robert es ambicioso y no se conforma, por lo que decide comenzar a matar seres humanos. Se dirige a un pueblo, en persecución de una chica que le ha atraído. Mata a un chofer que lo atropelló, y a cuanta gente se le pone en el camino. Pero tanta muerte no puede pasar inadvertida y Chad, el sheriff del lugar, se lanza a descubrir y acabar con el asesino. Mientras sheriff y llanta continúan su aventura de persecución, un grupo de personas, que observa la “película” —sí, ésta, justamente la de La llanta asesina—desde una colina, vive su propia aventura. El contador del filme se percata de que éste se ha salido de control y decide matar a los invitados con pollo envenenado. Un hombre en silla de ruedas sobrevive. El contador muere más tarde debido a más comida envenenada. Al final, el sheriff —que pertenece al mismo tiempo a la trama de los espectadores, el pollo y el contador, y a la de la “película” de Robert la llanta— y el hombre en silla de ruedas —que acaba entrando al mundo de Robert— unen esfuerzos. La llanta gana, y de la nada, un montón de llantas se encaminan a Hollywood, suponemos que a matar mucha gente.

Frase para recordar: “Damas y caballeros, la película que están por presenciar es un homenaje a la “sinrazón”, el elemento de estilo más poderoso que hay”.

Otros detalles: por absurda que parezca a primera vista la propuesta, lo cierto es que el juego de niveles de “realidad” de la película menos ingenuo que interesante. Y con una frase publicitaria como “La mejor película sobre llantas asesinas que verás en tu vida”, no hay fallo posible. 

Pilón

Era indispensable incluir esta joya. El nombre basta y sobra para explicar la razón de su presencia: La noche de los panes vivientes (Night of the Living Bread), de Kevin S. O’Brien.

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